El día que aprendí a desaparecer sin irme

A los diez años me bajó la regla por primera vez. En quinto de primaria, justo antes del confinamiento. Fue una experiencia muy traumática, aunque supongo que lo es para todas.

Llevaba todo el día con un dolor de tripa muy raro; yo sabía que no era un dolor como los de siempre, pero no tenía muy claro qué me pasaba.

Después del recreo, al subir a clase, me metí en el baño y, bueno, aquello parecía una escena de Carrie. Encima yo llevaba unas bragas blancas de topos. Nunca volví a ver esas bragas.
Fui la primera de mi clase y eso tampoco ayudó nada, la verdad.

¿A dónde va a parar todo esto? Pues te lo cuento. Después de eso, nos confinaron y durante la cuarentena yo me desarrollé muy rápido.

La gente de mi clase no me vio durante este cambio. Engordé, me crecieron las caderas y el pecho… En fin, que cambié muchísimo físicamente. Y claro, al año siguiente llegué yo al colegio y era una persona nueva, y ahí empezó el bullying.

Tenéis todo mi relato del bullying en este mismo blog, pero ahora no me voy a meter en eso.

Me venía a quejar de qué narices le pasa a esta mierda de sociedad en la que a una niña desarrollada le hacen bullying sus compañeros de clase. Porque ahora, reflexionando, pienso que a esos tontos no se les ocurrirían esas cosas a ellos solitos.

Además, luego me enteré de que, cuando me fui de ese colegio, las madres empezaron a decir que yo era una niña demonio. En fin, no me meto en eso.
(Demonios vuestros hijos).

Perdón, que me enfado. Volviendo al tema: ¿Por qué las mujeres solo podemos tener el cuerpo que esta sociedad quiera? Joder, es que a algunas de mis compañeras de ese colegio les llegaban mensajes como: “Mi único trabajo es estar guapa para mi marido”. Me parece tan nocivo… tan horrible que una madre, en pleno siglo XXI, le transmita eso a su hija.

El caso al que quiero llegar es que la sociedad siempre ha elegido cómo tenemos que vernos las mujeres. Si es que nos dejan que se nos vea.

Si estamos gordas, somos horribles, y tenemos que escuchar cosas como:
“Adelgaza”, “Con ese cuerpo nunca encontrarás a un hombre bueno”.

Si estamos atléticas o sanas, no somos femeninas, y toca escuchar:
“Los abdominales no quedan bonitos, no quedan femeninos”.

Y si estamos delgadas, hay que escuchar:
“¿Eres anoréxica?”, “Así de delgada pareces enferma”.

Antes de que me digáis que esto no pasa, id a los comentarios en redes sociales de cualquier mujer de este país que no tenga un cuerpo normativo. O incluso que sí lo tenga, porque es que todo les parece mal.

A mí, desde ese cambio que os cuento, me empezó a llegar un montón de feedback muy negativo, sobre todo por parte de familiares, que es lo peor. “Hija mía, no comas tanto”, “Deja de comer”, “¿No te interesaría apuntarte a algún deporte?” No, abuela, no me interesa ningún deporte.

Esa época de mi vida fue muy mala, porque a una preadolescente en pleno desarrollo no se le pueden decir esas cosas.

Después llegó el momento de empezar a comprarme ropa. Claro, yo había crecido y ya no me cabía mi ropa de niña. Y yo solo tenía una cosa en la cabeza: que no se me viera la tripa. Nada más.

Os resumo las compras: drama épico para comprar vaqueros y sudaderas cuatro tallas más grandes que yo. Solo tenía un objetivo, y era esconderme detrás de la ropa.

Ahora veo esa ropa y lo único que me produce es tristeza, al pensar que aquella niña que estaba empezando a expresarse y a crear su personalidad realmente estaba llena de complejos e inseguridades.

Estuve tanto tiempo intentando complacer a todo el mundo a mi alrededor que ya no sabía quién era yo como persona. Y fui tan infeliz, tío. Horrible, de verdad os lo digo.

Quizá este sea uno de los consejos que más me gustaría transmitir con este blog: no intentéis complacer a nadie que no seáis vosotras mismas.

Poneos lo que os dé la gana. Llevad el pelo como queráis. Enseñad si queréis y, si no, pues no.

En resumen: haced con vuestra persona lo que os dé la putísima gana. Mientras respetéis a los demás, está todo perfecto.

Pero lo más importante es que os respetéis a vosotras mismas.

Daniela.

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