Recientemente he descubierto que me gusta el deporte. Es algo que me ha sorprendido muchísimo, porque yo pensaba que lo odiaba.
Educación Física siempre ha sido una asignatura que no me gustaba.
Nunca he encontrado ningún placer en tener que bajar al patio para ser humillada por no ser una deportista de élite.
Creo que mi aversión por el deporte empezó en mi primer colegio. Era un cole pijo-privado con un ambiente despreciable.
Lleno de profesores frustrados que sólo fichaban por el sueldo, vocación lo que se dice vocación no tenían.
El de lengua en particular, no diré su nombre (Raúl), estaba demasiado amargado para la edad que tenía.
Raúl llegó nuevo cuando yo estaba en quinto de primaria y, desde el primer día, me cogió manía. Pero no la típica que nos inventamos cuando no hacemos los deberes. No.
El capullo me odiaba tanto que fue incapaz ni de aprenderse mi nombre. Y todo por una tontería.
Un día, en una actividad de clase, teníamos que decir palabras con el prefijo sub-. Yo dije subrayador.
—“Eliminada, Martina”— suelta el tonto de él.
Toda la clase se quedó callada, en plan: este tío ¿de dónde se ha sacado el título de profesor de Lengua?
Total, que yo, que siempre me quedo callada y no replico, ese día, ante semejante puñetazo a la RAE, no me pude aguantar y le solté:
—“Me llamo Daniela y subrayador está bien dicho”.
Pues no va el tío y se enfada, porque me preguntó yo.
Y estarás pensando qué tiene todo esto que ver con el deporte. Pues mucho, porque al año siguiente va el tío y, aparte de dar Lengua, le ponen a dar Educación Física.
O sea, que Raúl pasó de venir a clase con camisa y corbata a venir en chándal, el mismo todos los días, cabe aclarar.
Ese año sufrí bullying y me sentía súper insegura con mi cuerpo. Y ese «adulto» amargado se aprovechó de eso.
No era solo que no dijera nada cuando oía a mis compañeros reírse de mí o hacerme comentarios horribles, sino que encima, cuando tocaba correr, se acercaba y nos decía:
—“Los lentos, poneos detrás, que si no molestáis”.
Y siempre me miraba a mí, el muy gilipollas.
Todo esto que os estoy contando me generó una relación muy tóxica con el deporte. Cuando tocaba practicarlo me sentía insegura, insuficiente; sentía que los demás tenían derecho a reírse de mí, porque la que lo estaba haciendo mal era yo.
Con el cambio de colegio y de profesor, esta relación sanó un poco. Tampoco os creáis que mucho, porque en este nuevo colegio también me han pasado cosas.
Partimos de la base de que a mí los deportes no se me dan bien, así que he recibido comentarios como:
—“Muévete”.
—“No haces nada”.
—“Así no ganamos”.
Pero es que yo no puedo evitar volver en mi mente a esos momentos humillantes que pasé, y eso hace que, a pesar de estar en un entorno diferente, me bloquee, como lo hacía de pequeña. Creo que por eso la Educación Física como asignatura nunca me gustará.
Pero, en el momento delicado de mi vida en el que estoy ahora, tengo que decir que ir a andar me ha ayudado a liberarme, a poder tranquilizarme y a llevar una rutina más sana.
El deporte no es como se pinta en los colegios, y creo que, para que esta sociedad se ejercite más y lleve una vida más sana, ese tiene que ser el primer cambio.
Se tiene que empezar a enseñar que el deporte no es dolor ni competición, sino que es liberación, salud y tranquilidad.
Y a Raúl, la pequeña Daniela de 10 u 11 años nunca te lo dijo, pero yo sí:
Vete a la mierda y deja de humillar a niños para sentirte mejor contigo mismo. Es patético.
Daniela.